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El Buen Morir, una guía para acopmpañar al paciente terminal.

El llamado a acompañar y cuidar a una persona que está muriendo suele percibirse internamente como un deber inexcusable. A su tiempo, casi todos seremos convocados para esta tarea. Esto se debe sencillamente a que si una persona de nuestro entorno está muriendo, en algún momento será incapaz de bastarse a sí misma y necesitará de nuestra ayuda.

El proceso que habrá de transitar para poder morir demanda el paulatino agotamiento de la energía vital que favorece el desprendimiento final del alma, paso necesario para que ocurra la muerte propiamente dicha, la del cuerpo, que privado de aquella, se desintegra.

En estas condiciones la dependencia con el medio se torna crítica y es sólo comparable al nacer, en la otra punta de la vida, cuando llegamos al mundo en medio de un gran desvalimiento. En ambas situaciones, cuidar de estos seres es una hermosa manifestación del amor incondicional.

La circunstancia de muerte más común que nos toca ver es aquella en la que alguna enfermedad está presente condicionando el proceso. Pero ¿morimos porque hemos enfermado, o enfermamos porque habremos de morir?

También podemos observar la muerte en los ancianos, como resultado del paso inexorable del tiempo y la cesación de la voluntad de vivir.

Existen dos formas diferentes de morir, por las que podemos optar según nos lo permitan las circunstancias, nuestras creencias, temores y prejuicios.

Una es la habitual, la muerte negada, omitida, inconsciente, temida, en la que dejamos este mundo en la más profunda ignorancia. No se puede entonces protagonizar el acontecimiento cumbre de nuestra existencia, ese suceso al que llamamos muerte.

En esta desdichada forma de morir, todo transcurre desde la perspectiva de un organismo que se extingue. Es, en realidad, la muerte de un cuerpo físico más que la de un ser humano. Aquí la mente y la conciencia, nuestras realizaciones más elevadas, han sido deliberadamente apartadas del proceso con la ayuda de los psicofármacos. La excusa es el error de creer que el paciente siempre sufre al percibir que está muriendo. Esto, a su vez, aflige a la familia.

Por un lado, se procura mantener con vida a ese organismo el mayor tiempo posible, casi siempre a pedido de la familia más que del propio paciente, utilizándose para ello la tecnología médica de que se dispone, mientras que por otro, paradójicamente, se excluye al verdadero protagonista de esta historia.

Es la muerte medicalizada que, necesario es reconocer, todavía goza del beneplácito de mucha gente que aún adhiere a esta infortunada pauta cultural. Es, por cierto, la forma de morir patrocinada desde la visión recortada de la ciencia médica que todavía se sustenta en el viejo paradigma positivista, aquel que niega la existencia del alma porque no puede verla. Morir así suele ser una experiencia sombría.

La otra forma de morir a la que podemos aspirar es la muerte conciente, asumida, esperada. Es la forma venturosa que propiciamos. La muerte que se elige. Requiere coraje, amor y muchos cuidados. Esta muerte tiene como protagonista a una persona, a un ser humano lúcido y conciente, que elige ser testigo del momento en que culmina su existencia. Puede llegar a ser una experiencia muy bella.

Para que esta forma de morir sea posible, el paciente necesita estar adecuadamente informado por el médico acerca de su situación, ya que requiere preparación. Sé que al principio puede resultar un poco duro plantear las cosas de este modo. No lo es, sin embargo, si reflexionamos serenamente sobre el hecho inapelable de su necesidad.

¿Y cuál es esta necesidad? ¿Por qué es mejor morir conciente? Para que esa persona tenga la posibilidad de encontrarle algún sentido, algún significado a su muerte. En la medida en que progresa en esta comprensión, su vida, la que ahora culmina, empieza a llenarse de un nuevo sentido. Sólo de este modo cobra verdadero significado la experiencia morir.

Así es la muerte vista desde la perspectiva del alma, muy diferente de la que se ve desde la realidad del cuerpo físico. La verdaderamente humana es aquella que se carga de sentido al reflexionar sobre una vida que concluye, sobre el aprendizaje realizado.

Nos da la oportunidad de vivenciar claramente ese “algo” que atestigua, el alma, que se apresta para ese tránsito que llamamos muerte.

Permanecer lúcidos, entonces, es la condición que nos permite darnos cuenta de un modo vívido y conmovedor de que esa instancia que atestigua es la que se desprende del cuerpo físico en ese momento, para proseguir con su destino superior.

Para el alma la muerte no existe, no concierne a su naturaleza, para ella es sólo su liberación. Identificados con ella, despedirnos de este mundo, abrazar por última vez a nuestros seres queridos, repasar una vez más las experiencias básicas de lo que fue nuestra vida, disfrutar por última vez de todo lo que amamos, dejar nuestro cuerpo, permite muchas veces acceder a la más conmovedora experiencia, cual es reconocer y asumir la dimensión transpersonal, divina, de nuestro Ser.

Morir así es una experiencia jubilosa.

Debiera formar parte de nuestro aprendizaje de vida prepararnos para el momento en que tengamos que dejar este mundo. Es nuestra mayor responsabilidad.

Pero no esperemos a que sea la muerte la encargada de develarnos la existencia del alma. La exploración de nuestra naturaleza humana mediante la autoindagación y la meditación, son los medios apropiados para hacerlo.

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